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RGB >> Salta
Fragmentos norteños
Por Gabriel Pérez
Una casona en donde se respira el verdadero sentir folclórico. Niños congelados que despiertan de una siesta de 500 años. Y una banda de rock que demuestra que Salta quizás no está tan lejos de los barrios del Conurbano bonaerense.


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El turismo rentable esconde un pequeño engaño, que consiste en dejarse llevar a los lugares en donde la mugre está bien escondida debajo de la alfombra.
Nadie va a cruzar media Argentina para ver las mismas carencias que en el Conurbano, al menos eso creen en el circuito turístico de Salta Capital, donde las peñas son pulcras y los gauchos educados. Concluida la complacencia, el gringo se vuelve a su país contento, dejando una moneda que, multiplicada por tres o por cuatro, le hará un grato favor a la economía de esta bella provincia.
Pero si se quiere conocer una verdadera peña salteña, habrá que escaparse del maquillaje turístico y desembarcar en La Casona del Molino. En esta antigua construcción, ubicada en la esquina de Luis Burela y Caseros, pocos son los salteños que no saben cantar o tocar un instrumento. La guitarra y el bombo pasan de mano en mano y son siempre bien recibidos. En cada mesa se juntan familias y amigos a entonar el cancionero popular. Por las dudas, en algún rincón descansa un cuaderno con las letras y los tonos de chacareras y zambas, pero no hace falta, ya que todos entonan al unísono. Cuando se acerca algún estribillo de esos que sacuden hasta al más impávido, son varios los que se eyectan de sus asientos y bailan entre risas y gritos. Y la fiesta, interminable, está siempre asegurada: en caso de distraídos, la casa alquila guitarras y bombos a precios accesibles.
Los hombres, en su mayoría, cargan un cachete inflado a la Quico. Mascan mecánicamente sin desafinar. Nunca tragan. Ojos rojos por el tinto servido en una botella de vidrio genérica, se mantienen en órbita con las hojas de coca. En el medio de casi todas las mesas, una bolsita abierta con un polvo blanco. Mal pensados abstenerse: es el bicarbonato de sodio que sirve para cortar la coca. “Esta planta es sagrada en el Norte, saca el hambre, te hace soportar el trabajo y te mantiene despierto”, dice un parroquiano, dientes verdes, empanada en mano y vaso de tinto a medio terminar.

Los hijos del ayer
En el Museo de Arqueología de Alta Montaña descansa uno de los tesoros más asombrosos de la cultura incaica: Los niños de Llullaico. Descubiertos sus cuerpos congelados en perfecto estado en 1999, en plena Cordillera de los Andes, estos niños fueron ‘ofrendados en sacrificio ritual a las deidades de su cultura, y junto a ellos había un asombroso ajuar con de más de 100 objetos. Estatuillas de oro, plata, tejidos y spondyllos que componen el ajuar, permiten conocer la historia, vestimentas, alimentación y rituales de la Cultura Inca y su influencia en la región del Norte Argentino’, según en uno de los folletos del museo.
Si bien todavía los tres niños no pueden ser vistos por los visitantes, en una sala descansa ‘La Reina del cerro’, el cuerpo de una niña que fue descubierto en 1920, pero que sufrió un largo periplo hasta volver a su provincia de nacimiento. Durante ocho largas décadas su cuerpo, ya sin su ajuar y los objetos que ofrecía a la otra vida, pasó de mano en mano, dañándose en el camino.
Su cuerpo se oculta detrás de un cristal a oscuras. La pequeña caja se ilumina si se aprieta un botón en la pared. Hay una leyenda en la entrada que advierte a los impresionables. Sin embargo, algunos pequeños salen llorando del brazo de sus padres, petrificados por el gesto doloroso de la niña.

Agite norteño
Perro ciego, con su rock and blues urbano, convierte a Salta en un barrio más del Oeste bonaerense. El arte de tapa de su último disco, ‘Peón de Luna’, evoca toda la parafernalia stone: zapatillas negras, estaciones de trenes, guitarras, soledad.
La escena roquera salteña no es generosa en lugares para tocar. Sin embargo, Perro ciego, con variaciones en la formación, lleva más de 17 años en las rutas norteñas. A través del intercambio de fechas con otras bandas del palo -Barrios Bajos, Etiqueta, Trabajo Sucio, La Rusa, Invencibles, El Burdel- están creciendo en convocatoria en Buenos Aires, donde este año metieron dos fechas.
“La provincia es muy tradicionista, hay mala onda. Muchos te van a decir que conocen a Perro ciego, pero que no lo escucharon. Los pibes de Barrios bajos nos contaban que allá, en Laferrere, el 99 por ciento de los chicos escucha cumbia. Acá pasa lo mismo. Pese a que creció la movida, el rock es minúsculo”, comenta Marcelo Dique, guitarra y voz.
Si bien la banda se presentó en los escenarios de todos los festivales norteños –Tucumán rock, Norte Rock, Jujuy Rock- el momento de gloria del quinteto le llegó en Córdoba, cuando imprevistamente fueron los encargados de ‘telonear’ a Callejeros. Había que rellenar un bache por la gente que no había entrado al predio. “Nuestra participación en el Cosquín Rock 2007 se confirmó a pocas semanas. Terminamos de tocar en un escenario alternativo a las 18.30 y el show fue una fiesta, porque llevamos gente de Tucumán, Jujuy, Salta. En el último tema nos cortan el sonido, porque nos habíamos pasado de tiempo. Nos bajamos del escenario con bronca, los pibes del público estaban a las puteadas. Ahí nomás un productor nos dice ‘chicos suban a la traffic porque vamos al escenario principal’. Estaba tocando El bordo y se notaba la ansiedad del público por ver a Callejeros. Estaban todos los medios, incluso La mega transmitió para todo el país nuestro show, porque ya había comprado el espacio. Hicimos cinco temas. Por suerte, las críticas fueron buenas. Fue un golazo inesperado”, concluye Dique.





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