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Deja Vu >> Bar "El General"
Todos unidos comeremos
Por Gabriel Pérez
La liturgia peronista almuerza y cena en el Bar Cultural el General, un espacio temático donde siempre habrá asado al parquet, pero nunca pizza con champagne.
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El Innombrable suele pedir la mesa presidencial, que nada tiene de presidencial, simplemente es una mesa rectangular que se destaca de sus hermanas redondas.
Pero el Innombrable pide. Las pocas veces que viene, se sienta con su séquito, cada vez más reducido. Se debe sentir parte de lo que lo rodea, quizás un heredero. ‘Un viejo verde que gasta su dinero emborrachando a Lulú con su champán, hoy le negó el aumento a un pobre obrero que le pidió un pedazo más de pan.’ El tango ‘Acquaforte’, de Juan Carlos Marambio Catán, le sopla la nuca al Innombrable. Está representado en un cuadro que siempre cuelga cerca de la bendita mesa presidencial. Uno más de los tantos que habitan las paredes, pensará algún zonzo. Una pequeña venganza, dirá Marta Acosta, una de los seis dueños del Bar Cultural El General. “Ese tango se lo dedicó en un discurso Saúl Ubaldini, a quien le hicimos un homenaje cuando murió. ‘Menem, usted es como el tango ‘Acquaforte’’, le dijo. Él sintió el golpe, pero no contestó, para quitarle trascendencia a la discusión”, recuerda Acosta.
Como el movimiento es grande, y salvo peludas excepciones, todos forman parte de él, nadie tiene las puertas cerradas. “Acá vienen todos, en una mesa puede estar uno de izquierda, a pocos metros otro de derecha; incluso kirchneristas. Por más que uno tenga sus preferencias, esto no deja de ser un bar. Y si Menem, que es quien le puso la frutilla al postre, quien terminó con el trabajo iniciado en el ‘55, quiere venir, es atendido”, explica. Peronismo, Peronismo Revolucionario, Peronismo sin Perón, Peronismo de Perón, Juventud Peronista y largo etcétera. “A mí déjenme con la Constitución del ‘49”, se desmarca Acosta, y agrega: “Hasta ahora no se la pudo igualar en derechos a los trabajadores. Fue abolida por una dictadura y nunca se la restituyó”. Para dar un ejemplo de las conquistas perdidas, nombra el sábado inglés, y lanza una mueca triste al recordar aquel lejano 50 por ciento de participación de los trabajadores en la riqueza de la Argentina peronista.


Aquellos años
La bienvenida del menú es bien clara: en este bar, ubicado en Belgrano al 600, se invita a recordar la crucial década del ‘45 al ’55, donde sí, los opositores podían no pasarla bien, el Estado era un papá sobre protector, el culto al líder estaba a la orden del día, pero donde ‘flexibilización laboral’, ‘planes trabajar’, ‘movimiento de desocupados’, ‘déficit cero’, ‘blindaje’ o ‘megacanje’ habrían sido conceptos impensados aun para el escritor de ciencia ficción más avezado.
Acosta, orgullosa guía, flota de un lado al otro del salón. En el camino, el universo peronista representado en fotos de Perón y Evita; libros, pinturas, banderas, afiches de películas, una urna de madera con un tejido para que el fiscal pueda ver el voto emitido, fotos y más fotos. La nostalgia viaja en un auto justicialista, corre en una moto Puma y vuela en un avión Pulqui.

Una imagen sobresale por su tamaño y por su carga emocional. Es una instantánea gris de la movilización del fallido lanzamiento de la fórmula Juan Perón- Eva Perón. “Los turistas que vienen no lo pueden creer. Primero, porque ven una manifestación de 1.200.000 personas. Después por la gran cantidad de mujeres. Hay que ponerse en época, las mujeres en el mundo no tenían la actividad política que se ve en esta foto. Fueron muchas las conquistas femeninas del peronismo, no solamente el derecho al voto”, afirma.

Un amigo de la ajeno –no, ninguno de los tantos políticos habitúes ni el adicto a la mesa presidencial- se quedó con la imagen de las patas peronistas en las fuentes de la Plaza de Mayo, aquel caluroso 17 de Octubre. En su lugar, ahora hay una fotocopia. En otro rincón reposa un cuadro de Evita del artista plástico Carlos Gorriarena. Meses después de haber muerto, su familia, que desconocía la pintura, se junto en el bar para observar de cerca la imagen de la ‘abanderadas de los humildes’ pintada con los colores y el sello característicos de Gorriarena.

Parte de estos recuerdos fueron acercados por el Archivo General de la Nación, por coleccionistas amigos y por los propios dueños. Salvo uno. “Siempre me dicen que soy egoísta porque no traigo mis cigarrillos”, ríe Acosta. Su juventud militante la depositó una vez como guardia en Puerta de Hierro, la casona madrileña donde Perón hilvanó su regreso. “Un día estaba lloviendo y Perón salió a la puerta. Nos invitó a que nos pusiéramos debajo de un toldo. Hacía frió. Al rato salió Isabel y lo llevó adentro. Él estaba fumando, y antes de volver a la casa tiró el cigarrillo, y el paquete también”, comenta.
Por último, Acosta se acerca al rincón donde unos sillones antiguos, bajo la mirada férrea de un busto del General, suelen oficiar de escenario para presentaciones culturales o charlas sobre el peronismo. “En uno de los momentos más tensos entre judíos y palestinos, juntamos a un representante de cada lado para que analizara al peronismo. Fue un orgullo ver cómo en paz podían dar cada uno su visión de nuestra historia.”

Se hace de noche y el escenario está desierto. En la pantalla desplegable no se proyecta un documental. Si bien a las doce todos cantarán la marchita, la atención de los presentes está puesta en el partido de la fecha, que se juega en la cancha de Racing, al fin y al cabo, un estadio peronista.





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