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RGB >> Un día en las carreras
Cosas de burros
Por Ariel Jonte
Sin lugar a dudas el turf es el principal deporte con apuestas de la Argentina. Mezcla de azar y sapiencia, reúne a gente de distintas edades y estratos sociales en cualquiera de los hipódromos de Buenos Aires. Tras una larga jornada, aparece un personaje que estaba de paso por Palermo.
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‘La periferia muestra lo que se vive dentro del núcleo. En los accesos a las entradas de los estacionamientos los conductores proporcionan a sus vehículos, tras un increíble embotellamiento, maniobras desesperadas que no se observan ni en la misma avenida del Libertador en su horario de mayor pico de tránsito.
Sobre la vereda, puesteros estratégicamente colocados exhiben las revistas relacionadas al mundo hípico y por lo que se observa, dentro del Hipódromo Argentino de Palermo, inaugurado el 7 de mayo de 1876 en los que alguna vez fueron los terrenos linderos a los alfalfares de Juan Manuel de Rosas y el Parque 3 de febrero, ningún interesado en el vil metal que le pueda proporcionar una apuesta deja de tener alguna de esas publicaciones entre sus manos.
Quien poco conozca de este deporte y tenga un leve conocimiento de la lengua inglesa seguramente se preguntará, después de recorrer metros y metros de cemento, porqué se denomina turf a esta competencia cuyo verdadero significado se traduce césped. La explicación es simple y hasta se diría caprichosa. Para la ‘Real Academia Hípica’ la denominación sirvió en un principio para designar un campo de carreras, y en la actualidad está comprendida por todo lo que las conforman: la pista de hipódromos, compuesta por una mezcla de distintos materiales cuyos porcentajes son ochenta de arena, catorce de limo, seis de arcilla y, obviamente, cero de césped. También se encuentran las tribunas, los caballos y sus dueños, los jockeys y preparadores, los apostadores y hasta el mismo público que asiste a las competiciones. De más está aclarar que nada de esto es pasto en el Hipódromo de Palermo.
A pocos metros de una de las entradas, la que se encuentra en la intersección con la avenida Dorrego, el público más estudioso de lo que podría llegar a depararle a su billetera, espera la salida de los caballos de los boxes de exhibición y analiza en la redonda paddock, donde efectúan un rodeón, cómo se encuentran físicamente para la competición que los tendrá como los verdaderos culpables de su suerte.
Desde la página de la Secretaría de Agricultura, Pesca, Ganadería y Alimentos se afirma que el turf es un deporte con apuestas reglamentadas y oficializadas cuyas características son una “actitud positiva del perfil sociológico de los apostadores que mediante creencias motivadoras lo conducen al conocimiento y el razonamiento en un juego sociocultural”. Pero hay casos en los que esa vía de razonamiento demuestra que no todo el conocimiento se desplaza sobre rieles firmes.

Los apostadores
La diversidad de público que asiste a ver las carreras se divide en tres generaciones. Los viejos burreros caracterizados por opacos trajes azules puestos sólo para la ocasión. Le siguen a estos los que se encuentran entre los cuarenta y cincuenta años, con sus trajes cremitas, pelos canosos extremadamente cuidados y una tez rosada en la cara, cual si fuesen adoradores de Sergio Denis, que derrochan más dinero debatiendo entre sí por celular a quién van a apostarle que lo que gastan verdaderamente en una jugada. Y por último los que comienzan a romper el cascarón. Los nenes de adinerados, peinados a la gomina con pañuelitos en el cuello, acompañados por sus novias modelitos que los miran con caras de interesadas pero que por dentro tienen el cerebro rebotando contra el cráneo al grito de ‘¡hijo de puta, sacame de acá y llevame al shopping!'. La pasividad que mantienen a la hora de jugar es lo que a simple vista une a las tres generaciones. Es muy difícil que alguien rompa ese molde. Pero no todos en el pueblo se conocen.
Por los altoparlantes se anuncia el comienzo de la próxima carrera. Un campanazo avisa la largada y el izamiento de un banderín rojo informa que hay una competición. El público observa desde las tribunas o acercándose a la pista como se define la disputa final entre los primeros puestos.
Al finalizar la competición, los jockeys pegan la vuelta y vuelven a pasar por donde se encuentra ubicado el público. Algunos apostadores victoriosos se acercan a la pista y felicitan a quienes le hicieron ganar un dinero. Pero en medio de tanta festividad alguien larga un ‘¡Zacarías, ponete las pilas!'. No todos en el pueblo se conocen.

400 kilómetros no son nada
Héctor Q.(pidió reservar su identidad) es marplatense y se encuentra en la Capital Federal haciendo unos trámites para la empresa pesquera para la cual trabaja en la ciudad de los teatros de revista veraniegos por excelencia. Lleva en la piel el color que el sol le ha impuesto durante varias décadas. Si bien sobrepasa los cuarenta, lejos está de pertenecer al clan de los Sergio Denis. Tras un corto cruce de palabras, se corre del límite con la pista y confiesa: “Que le apuestes no quiere decir que vayas a ganar. Zacarías me acaba de decir que si quería que la yegua ganara que probara de montarla yo”.
El frío que recorre de lado a lado el hipódromo verdaderamente tiene filo, sin embargo hay algo en Héctor que lo obliga a pasarse un arrugado pañuelo por la frente. “Hace una semana que estoy en Buenos Aires, jugué acá, en San Isidro y hasta en el de La Plata y lo único que hice fue perder guita. Estoy con un poco de racha negativa, ya se va a dar vuelta.”
Vuelve con la sonrisa relamiente, se frota las manos y confía que la suerte aparecerá ni bien los caballos elegidos recorran los 1100 metros y crucen el disco. “Esta es la última”, ya gastó demasiado y el resto que tiene para volver a Mar del Plata, según sus palabras, es intocable.
“Este es un deporte tranquilo. De acuerdo a lo que leés, hacés un estudio de la sangre del caballo, del árbol genealógico, de su cuidador, del médico que lo atiende. Son muchos detalles que demuestran que no es un juego de azar sino que hay que saber un poco. Además hay otros detalles como podrían darse en los días de lluvia, donde la pista está húmeda, en los que hay que jugarle a caballos barreros. Esos que tienen menos kilos, lo que también incluye al jockey.”
El campanazo se hace oír en los oídos de cada apostador. Cuando los caballos vuelan sobre la recta final, el aliento a los que se disputan los primeros lugares es incesante. Héctor está mudo. Su brazo derecho arroja con furia una revista ‘Palermo' contra el piso. Respira profundo, se sienta a escuchar como será la paga de las próximas apuestas.
Vuelve con la sonrisa relamiente, se frota las manos y confía que la suerte aparecerá ni bien los caballos elegidos recorran los 1100 metros y crucen el disco. “Ahora sí, esto es lo último, me estoy gastando plata del viaje pero no me puedo ir seco de Buenos Aires. Pasa que te obsesionás con las apuestas pensando que la tenés clara porque ves que un caballo tiene un rendimiento por las mañanas, durante las pruebas, cuando corre sólo, y cuando compite quizás se asusta y no rinde igual.”
Ni bien el disco es cruzado por los deparadores del destino del dinero, hay algo extremadamente notorio: no hay festejo posible en el rostro de Héctor. Sin embargo, “el arrepentido no sirve porque uno viene porque le gusta, no hay que lamentarse por el dinero perdido”. Mete ambas manos en el bolsillo, agacha la cabeza y perfila hacia la salida. Algo lo detiene. Por los altavoces anuncian como será la paga de la próxima carrera.





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